lunes 8 de febrero de 2010

A modo de despedida.


Estimados amigos, creo que ha llegado el momento de dejar este blog. Esa es la razón por la que no he escrito últimamente. Una de las personas que entraba a leer era un viejo amigo del dharma, que ha tomado la decisión de dejar de hacer zazen en grupo. El era el que dirigía la ermita "La otra orilla", una persona para quien solo tengo elogios y buenas palabras. Un hombre sincero, honesto y humilde (cualidades nada comunes entre las personas que dirigen grupos de práctica).

Conocí a esta persona (aquí firma como Ananda) hace cosa de 25 años. Entonces era discípulo de un conocido maestro zen español, y se responsabilizó de un pequeño centro (dojo) en el barrio viejo de Valencia. Un día fui a hacer zazen allí, y me pareció asombros que alguien tuviese la dedicación que el tenía, yendo allí cada día a abrir el dojo, donde muchas veces él era el único que entraba a sentarse. Estuvo así varios años, y luego abrió un espacio de práctica en una propiedad en el campo, en la que construyó una acogedora ermita entre naranjos. Y ahí ha estado 14 años dirigiendo actividades, entre ella la practica del zazen.

Nunca se colocó a si mismo en la posición de maestro, cosa que le honra, pues es algo que muchísma gente no hubiese podido resistir, (ponerse como gurús de algo). Hoy encuentras personas haciendo de maestros de cualquier cosa, incluido el Zen. Personas que no tienen ni idea, porque no han dedicado ni un solo año de sus vidas a hacer seria y regularmente una practica de meditación, abren centros y se situan como líderes de extrañas comunidades de discípulos y seguidores.

Y esto, amigos, prueba algo, que el Zen en occidente (en España, mas concretametne) es como una planta exótica que dificilmente puede tirar para delante, porque la tierra de este país es dura, y la planta en cuestión es delicada, y necesita mimos y cuidados que al parecer no se le dan. De seguir así, el zen será en breve un metodo mas de relajacion en el supermercado de la nueva era. El Zen, que es una transmision al margen de toda doctrina, que apunta al centro de la mente (el alma), ahora es, en el mejor de los casos, un metodo para alcanzar estados de serenidad (cuando no una técnica para relajarse y "desconectar" del pensamiento).

He podido ver que Ananda es una persona honesta en grado sumo. Tran un tiempo en el que acudí a sentarme con él en su ermtia, me di cuenta de que su interés era genuino, y su mayor deseo era ayudar a los que practicaban con él. En este tiempo tuvimos oportunidad de intercambiar opiniones, pero no fue hasta recientemente, que conseguimos tener el tiempo necesario para hablar de corazón a corazón. Fue de hecho hace unos días, en mi casa, donde tras unos minutos de zazen, nos volvimos y mantuvimos una charla, sentados todo el rato sobre el cojín.

Me apenó recibir al día siguiente una llamada suya, diciéndome que cerraba la ermita para la práctica del Zen. Pienso que esa conversación ha tenido algo que ver con su decisión, peroesa decisión suya demuestra después de todo que es una persona auténtica. Puedo comprenderla y la respeto, pero confieso que me apena no tener ese espacion donde ir y sentarme en compañía de amigos del dharma.

Con todo, es algo que acepto de buen grado, ya que me lleva exactamente al lugar donde estoy. Yo no soy budista ya, soy cristiano catolico, reconciliado con Cristo entéramente. El camino en mi caso, me ha devuelto a mis raices, y aunque considero que el zen ha sido mi camino hasta ahora, en este momento mi camino es Cristo sólamente. El zazen es clave en mi práctica, pero definitivamente mi camino se aleja del budismo, por el que siento de todos modos el mayor de mis respetos, y todo mi cariño. Fue precisamente Tangen Harada Rsohi quien me lo hizo ver de un modo claro, en mi último viaje a Bukkokuji).

Por eso, amigos, dejo este blog, pues no refleja mi situación actual. Agradezco a los que me habeis leido vuestro interés, y creo que habeis sido muy amables al juzgarme. Os deseo lo mejor. A partir de ahora, escribiré únicamente en mi otro blog, El Evangelio a la Luz del Zen, donde creo que puedo hablar sin ataduras, ya que no es un blog dirigido para personas que practican el budismo zen. Es solo un blog donde plasmo mis viviencias dentro de este camino nuevo para mí, que es el camino hacia Cristo. Un camino que ando (eso sí) desde mi práctica diaria en el cojín.

A todos, muchas gracias por vuestra presencia, por vuestras opiniones o simplemente por leer. No digo adios, pues siempre que querais podreis encontrarme en ese otro blog.

Hasta siempre, recibid un saludo en Cristo.

lunes 1 de febrero de 2010

El “masagin” de Tozan


Tozan estaba pesando lino, cuando un monje le preguntó: “¿Qué es Buda?”
“Masagin” dijo Tozan.
Comentario de Mumon:

El Zen de Tozan es como una almeja. Cuando las dos mitades se abren puedes ver sus vísceras. Sin embargo dime, ¿dónde ves tú a Tozan?

Verso:

¡Irrumpe Masagin!
Cerca están las palabras, pero aun mas cerca el corazón.
El que habla de bien y mal
Es un hombre de bien y mal


....................................

Mi comentario:

“Sin iluminación auténtica no puedes encontrarte con tu buda interior”, dice Yamada Koun Roshi, en un comentario a este mismo koan. La iluminación es irrumpir en el mundo de los budas, y ser uno mas de la familia. Mirar con los ojos de Buda, oir con sus oidos, tocar con sus manos, saborear con su paladar, oler con su olfato. ¡Pensar con su cabeza!

Recuerdo, un día o dos después de pasar el Mu, un día iba andando por la calle y me asaltó un tremendo olor, como de plomo fundido. Venía de un taller mecánico, y fue como una bofetada. El olor impregnó mi mente por completo, tanto, que ya no entraba por la nariz, entraba por los ojos, por los oídos, por todos los poros de mi cuerpo. El Universo entero era ese olor. Las nubes del cielo olían a plomo fundido. Ahora veo que no era un olor muy agradable, pero entonces no hubo pensamientos de bueno o malo

El que habla de bien y mal
Es un hombre de bien y mal

No hablo de bien o mal, hablo de olor a plomo fundido. No habiendo atracción ni rechazo hacia nada, vivimos lo que nos toca, y viviendo lo que nos toca, somos budas. Buda no es un personaje histórico, es la realidad, nuestra realidad. Lo que somos en lo profundo, nuestro verdadero yo. Si llegamos a ese yo, sabemos quienes somos, y ese conocimiento nos libera del dolor. Podemos sacarnos un hombro del sitio, podemos gritar de dolor ¡Ayyyyyyy!, pero ese ¡Ay! nos libera del dolor, porque ese ¡Ay! es nuestra verdader realidad, nuestra esencia. Buda.

Pensais que hablo de teorías, pero os equivocais. Olvidé todas las teorías el día que oí sonar una campana en el zendo, y caí en la cuenta. Ese día dejé escapar toda mi sabiduría y me liberé de todos mis conceptos. El sonido de la campana llenó el universo entero. No me pregunteis como fue, ni lo se, ni deseo saberlo. Nadie puede saberlo. Es como el sabor de este café que me estoy tomando, ¿alguien sabe de donde sale? Si, seguro que hay quien dice que lo sabe, pero sus teorías sobre el modo en que nuestras papilas gustativas detectan las sustancias que componen el café son tan áridas como inexactas. Demasiadas palabras para no decir nada. El café es esto, mmmmmm….., ¡que rico! Eso es lo mas cercano a Buda que puedo estar. No deseo ir mas allá de eso.

Entiendo al maestro Tozan en este momento. Es como si calzara sus sandalias ahora, y estuviese pesando lino en una romana, (una de esas balanzas artesanales que había en los tiempos antiguos). O para el caso, en una balanza digital, pero esto se me hace mas extraño. Un buda puede pesar lino donde haga falta, por supuesto, pero donde haya algo artesanal, que se quite toda la técnica. Yo, que soy químico, trabajé en laboratorios donde aún se pesaba con una balanza de pesas, y recuerdo que aquello era un verdadero ejercicio de concentración, igual que todas las operaciones manuales que se hacían en aquellos laboratorios de antaño, donde el químico preparaba todos y cada uno de los utensilios con primor, pesaba, medía volúmenes, observaba con cuidado el resultado de las reacciones. Y así, todo resultaba un precioso ejercicio de atención. Y los colores asombrosos que aparecían en los matraces, no se le olvidaban. Aquello era química.

Pero aquí no hablamos de química, sino de lino. Tozan pesando lino. Ponte en su lugar: Con mucho cuidado, pesando lino en su balanza artesanal, concentrado en su tarea. No es un maestro de zen, es solo la balanza y el lino. Tozan no existe, ha desaparecido. Allí no hay nada mas que la balanza y el lino, y el pesar. Tozan pesa lino en la balanza. ¿O es el lino el que pesa a Tozan en la balanza? O tal vez es la balanza la que pesa el lino en Tozan…. Es demasiado complicado de saber. Sigamos.

De pronto entra un monje. Un monje aturdido de tanto zazen, de tanto buscar, de tanto averiguar. Es un buen monje, no hay duda. Un verdadero buscador, no un holgazan que se he metido en el monasterio para disfrutar de tres comidas al día, (en una época en que comer era todo un lujo). Ese monje no era la vergüenza de su profesión, intuyo, y le admiro por ello. Se acerca a donde está Tozan, ni siquiera le mira, y espeta:

“¿Qué es Buda?”

¡Cielos! Que papelón para Tozan, allí en medio de su pesada de lino, totalmente metido en su tarea, desaparecido en ella, como un niño que juega con sus cochecitos de colores. Si alguien fuese a un niño en pleno juego y le preguntase “¿Qué es Buda?”, me imagino al niño mirando al monje y diciendole “Mira mi coche, brrrummmmm… ¡”. Bien, la situación es muy distinta, porque Tozan no es un niño, es un maestro Zen, pero al mismo tiempo, es muy parecida, porque lo que Tozan hace en ese momento es estar como ese niño, fuera de todo tiempo y espacio, siendo uno con su balanza y el lino.

“Masagin” dijo Tozan.

Masagin significa tres libras de lino, entonces algunos estudiosos del zen sacan a relucir que fue eso lo que dijo Tozan. “Buda es tres libras de lino”. Piensan que lo que Tozan quiso decir, es “oh mira, estoy pesando tres libras de lino y precísamente Buda en este momento es tres libras de lino. ¿Porqué? Porque Buda es cualquier cosa. Podría ser aquel roble que ves en el jardín, también, y podría ser tus propios zapatos. Buda es la naturaleza de todo cuanto existe, ¿comprendes, monje? Por tanto blablabla….”

Pero no. Ese no es el Tozan que yo veo. Tozan no dice nada de eso. Tozan dice nada más “Masagin”. (¡Y nada menos!) Tal vez lo dijo con voz de trueno, como uno espera siempre que conteste un maestro Zen, pero pienso que pudo ser de un modo muy gentil y suave en esta ocasión, porque enfrascado en su tarea de pesar, uno no puede pegar un grito, sin perder la concetración en lo que hace. “Masagin”. Suavemente. Dulcemente. En un susurro. “massagginnn…”

¿Llegó el monje a la iluminación, aunque fuese pequeña? El caso no dice nada, pero si ha pasado a la historia es por algo. Yo creo que algo le debió pasar, si no a ese monje, a algún otro que estuviese presente. No hay que hacer nada especial para que otro caiga en la cuenta, solo hay que ser uno consigo mismo, con la verdad. ¿Qué verdad? “Masagin” No hay mas verdad. Pesando tres libras de lino en la balanza. “Masagin”. Eso es todo. No hay mas, no busques historias raras, no hace falta que saques una fiolosofía zen de este asunto tan trivial (y tan asombroso al mismo tiempo). Como tomar mi café, comer mis galletas, ponerme un gorro en la cabeza, porque el día es frío esta mañana. La vida es sencilla y maravillosa, no hay que desperdiciar ni un segundo amigos. No perdamos tiempo, pongámonos en marcha. ¿Para hacer qué? Bueno, eso depende de cada uno, yo tengo que hacer una sopa de arroz antes de irme a dar mis clases. Tú puedes escribir un tratado de filosofía Zen, si tal es tu deseo. Jua, jua, jua…

El verso:

¡Irrumpe Masagin!
Cerca están las palabras, pero aun mas cerca el corazón.
El que habla de bien y mal
Es un hombre de bien y mal


Mi verso:

Masagin se ha evaporado
Las palabras se han olvidado
No pierdas ni solo un instante
Pensando en lo que no ocupa espacio y tiempo.


En profundo gassho y agradecimiento a mis hermanos de dharma.

viernes 29 de enero de 2010

Las tres llamadas del maestro del emperador


El Maestro Nacional llamó tres veces a su discípulo y las tres veces el discípulo respondió. El Maestro Nacional dijo: “pensé que estaba solo de espaldas a ti, pero ahora veo que eres tú quien está solo de espaldas a mí”
Comentario de Mumon:

El Maestro Nacional llamo tres veces y su lengua cayo al piso.

El discípulo respondió tres veces y dio su respuesta con brillantez

El Maestro Nacional era un viejo solitario; agarro la cabeza de la vaca y la forzó a comer pasto.

El discípulo no deseaba comer, pues su estomago estaba satisfecho; la deliciosa comida tiene poca atracción para aquel que esta satisfecho. Dime, ¿hasta que punto estaba solo?

Cuando un país goza de bienestar, se tiene en alta estima a las personas de talento; los hijos de familia rica son demasiado orgullosos para contenstarse con comida corriente

Verso:

Estamos condenados a llevar un yugo de hierro sin agujero alguno
No es poca cosa, y la maldición pasa a nuestros descendientes
Si quieres cargar con la puerta y sostener la casa
Has de escalar una montaña de espadas con los pies descalzos


…………………………………………………


El Maestro Nacional llamó tres veces al discípulo. El discípulo responde. ¿Dónde está el misterio? Siento decepcionarte, pero no hay misterio alguno. Nunca lo hubo. En el Zen (que yo sepa) no existe misterio ninguno, todo está a la vista, todo puede alcanzarse sin esfuerzo alguno. Si tienes hambre, ¿porqué no comes? Si tienes sed, ¿porqué no bebes? No necesitas ningún estado especial de mente, para hacer tal cosa. Sin embargo vienes y dices que no entiendes, como si se tratara de entender.

Pero no hay nada que entender. La luna brilla hoy en el cielo, con todo su esplendor. Si sales y la miras, por un instante sentirás su belleza sobrecogedora. ¿Necesitas a alguien que te diga al oído, porqué la luna es hermosa? Sin embargo te pasas el día y la noche buscando explicaciones para todo: para tu vida, para tu muerte, para tu existencia.

¿Qué sentido tiene esto? ¿Porqué estoy aquí? ¿De donde vengo? ¿A dónde voy cuando muero? …. Tus dudas no tienen fin. Parecen crecer por sí solas en tu cabeza y te impiden contemplar la belleza de la luna. No puedes dejar de pensar aunque quieras, y buscas la solución para tus innumerables problemas. Por eso has venido al Zen,y por eso has decidido sentarte en zazen. Pero por mas que te sientas, tu mente no se calma. A veces crees que sales mas tranquilo de lo que entras, y dices “Ah el zazen, que bien me sienta”. Pero otras, te vas peor de lo que llegas, y piensas “el zazen es aburrido e inútil”.

El Maestro llama: “¡Unsui!". El discípulo responde “¡Sí, Maestro!”. “¡Unsui!”, eso es todo. “Sí, Maestro!”, eso es todo. Y también cuando oyes la campana que te dice que el zazen ha terminado, eso es todo. Y cuando suena el despertador por la mañana, también eso es todo. Y cuando se oye el viento en los árboles, eso es todo. Y el ladrido del perro, ¡ahí está! Pero también está en la sensación de una mala digestión, o el cansancio, o el dolor de un brazo roto. Si quieres oírlo en un lenguaje poco Zen, te lo diré de esta otra manera: Dios se muestra a sí mismo en lo bueno y en lo malo, ¿porqué no le buscas ahí?

La historia de ese maestro que llama al discípulo, es un koan tan simple como difícil. Yo no tuve ninguna iluminación especial con él, pero eso no importa. Mi maestra no le daba ninguna importancia al hecho de tener la iluminación con los koans, ella solo quería ver la solución acertada. Puede parecer extraño, pero la iluminación no se manifiesta siempre como un gran evento. Puede pasar incluso desapercibida, decía ella. Uno puede ni enterarse de que ha tenido la iluminación, del mismo modo que alguien que vive en un clima húmedo y lluvioso, no nota apenas que le salpiquen la cara con agua. Para al que vive en un desierto seco y caluroso, en cambio, el agua en la cara no pasa desapercibida.

Volviendo al caso, el maestro no llama por llamar, lo hace para dar al discípulo un empujón a la iluminación. Cuando se está en el estado apropiado, un leve ruido, una campana que suena, un pájaro que canta, el sonido de tu nombre…cualquier cosa puede ser el detonante de la experiencia. Curiósamente, la iluminación del Zen, suele venir casi siempre con los sonidos. Una persona que estaba a mi lado, en un sesshin, se echó a reir cuando se oyó ladrar al perro del zendo. Su risa sonó en mis oídos, muy familiar, y al acabar le preguté, “¿Qué fue lo que te hizo tanta gracia?”, pero no respondió. Para ella, el ladrido fue el detonante, en cambio para mí, fue un sonido molesto. Así es la vida.

El discípulo responde simplemente, pero su respuesta es sufienciente para que el Maestro sepa. ¿Saber qué? Sabe que el discípulo sabe. No tiene necesidad de pedirle explicaciones detalladas de lo que le ha sucedido, ni que el discípulo haga una descripción por escrito de su experiencia. Eso no importa. Hay muchas descripciones de tales eventos, capítulos enteros dedicados a ellas, en ciertos libros, como “Los tres pilares del Zen”, de P. Kapleau y, aunque esas descripiciones suenan interesantes, no son mas que el sabor que deja el fruto. Cuando se escribe, el fruto ya se ha tragado y está en plena digestión. Lo malo de escribir o hablar sobre ello, es que tu mente se aferra a lo que ya no existe, y además tu ego se infla. Lo mas recomendable es callar, pero si un día decides escribir (como estoy haciendo yo) tendrás que aceptar el resultado, tanto lo bueno como lo malo. (Pero si escribes al cabo de muchos años, quizás ya no te preocupes mucho de ello, lo que se me antoja una buena señal).

Dice Mumon:

El Maestro Nacional era un viejo solitario; agarro la cabeza de la vaca y la forzó a comer pasto.

Un viejo solitario no es necesariamente alguien que se va a una cabaña en el bosque (algo que, por otro lado tiene un atractivo grande para muchos, yo entre ellos). Un viejo solitario aquí es mas bien alguien que vive desde la iluminación. (Eso es lo que mas se aproximaría quizás a un iluminado, pero nadie está nunca suficientemente iluminado, no te confundas). El Maestro intenta que el discípulo llegue al despertar, pero resulta que el discípulo ha llegado hace mucho ya. Por eso dice Mumon:

El discípulo no deseaba comer, pues su estomago estaba satisfecho

Pero ahora viene su pregunta:

¿Hasta qué punto estaba solo?

Quizás ahí esté el aspecto de koan de este episodio, más que en la descripción del suceso. ¿Puedes decir cuán solo estaba el discípulo? ¿Puedes mostrar lo solo que estás tú? La soledad es temible para muchos, pero es el resultado de la experiencia de kensho. Hay quien llega el primer día al maestro y dice, “no quiero iluminarme demasiado pronto, porque sé que cuando me ilumine no volveré a ser el que era, y no disfrutaré con lo que ahora disfruto”. Quieren disfrutar un poco de la vida, antes de hacerse unos tipos raros, que es lo que suponen que es un iluminado. Sin embargo, la iluminación saca a una persona de sus ideas extrañas, y le hace disfrutar mucho más con las cosas sencillas. Contemplar las estrellas no cuesta dinero, oír el sonido de los pájaros tampoco. La iluminación abre tus sentidos a un mundo de insospechada belleza, y no necesitas gastar mucho en ello.

Entonces, ¿hasta qué punto estás solo? No te lo imaginas. Nunca estarás solo después de eso. Nadie puede estar solo cuando eso ocurre. Los ermitaños de todas las culturas lo saben, por eso se retiran a vivir en la soledad de las montañas (o en la soledad de un apartamento en la ciudad, hoy en día, también hay ermitaños urbanos). Los ermitaños se siente acompañados con lo que son, no con lo que tienen. No necesitan nada para estar con el Universo. En la tradición del Zen ha habido ( y hay todavía) muchos ermitaños que viven en lugares solitarios, y su soledad, lejos de llevarles a la locura, les lleva a vivir con plenitud. Pero puedes vivir en el ajetreo de la ciudad también, sin por ello alejarte del sosiego. No hay dos personas iguales, ni hay dos experiencias iguales.

El verso:

Estamos condenados a llevar un yugo de hierro sin agujero alguno
No es poca cosa, y la maldición pasa a nuestros descendientes
Si quieres cargar con la puerta y sostener la casa
Has de escalar una montaña de espadas con los pies descalzos

Mi verso:

No hay ningún yugo de hierro para mí
Sino un tranquilo lugar en las montañas
Tal vez tu destino sea sostener la casa
El mío es mas bien dejarte que lo hagas

martes 26 de enero de 2010

El sonido de la campana y el hábito de siete tiras


Unmon preguntó: “El mundo es vasto e inmenso como esto. ¿Porqué nos ponemos el hábito de siete tiras cuando oímos el sonido de la campana?

Comentario de Mumon:

En el estudio del Zen, no debemos vernos dominados por los sonidos y las formas.
Incluso si logras comprensión oyendo una voz o viendo una forma, estas son simplemente las condiciones ordinarias de las cosas.

¿Acaso no sabes que el verdadero estudiante de Zen comanda los sonidos, controla las formas, es perspicaz en cualquier suceso y en cualquier ocasión?

Ahora solo dime: ¿es el sonido el que viene al oído o el oído es el que va al sonido?

Si sonido y silencio se desvanecen, ¿cómo podrías llamar a este estado?

Mientras escuches con tus oídos, no podrás responder. Si escuchas con tus ojos, eres realmente íntimo.

Verso:

Con la realización, las cosas son una sola familia;
Sin realización, las cosas están separadas en miles de partes.
Sin realización, las cosas son una sola familia;
Con la realización, las cosas están separadas en miles de partes.


……………………….

Mi comentario:

Los monjes en los monasterios se visten con el hábito de siete tiras para acudir a recitar los sutras. Dentro de su humildad, se les ve magníficos, vestidos con sus largos hábitos, durante las ceremonias. En un monasterio Zen, todo está medido por el toque de la campana o de otros instrumentos. Aparte de eso, no se oye otro sonido, como no sea el canto de las aves, el viento en las ramas de los árboles o la lluvia sobre los tejados. Los monjes no hablan innecesariamente, salvo en los escasos momentos de relax que se dan a lo largo de la jornada.

En un monasterio, la vida se enfoca hacia la práctica. La práctica lo es todo, no solo las sentadas de zazen o las recitaciones de sutras. Igualmente se practica durante el samu (trabajo manual) o durante las comidas. Toda la práctica está destinada a una sola cosa: la iluminación. La iluminación es la experiencia que, sin buscarse, se alcanza fortuítamene un día. Nadie sabe cómo ni porqué, la iluminación o satori, un día sucede. Sucede independientemente de que se sea monje o láico, se sea budista o no, se sea hombre o mujer. Unas veces parece el fruto de un gran esfuerzo, otras es como el regalo inmerecido del cielo.

Entonces, al ser consciente de esa verdad profunda e inalterable, se experimenta una gran libertad. De ahí las palabras de Unmon: : “El mundo es vasto e inmenso como esto. ¿Porqué nos ponemos el hábito de siete tiras cuando oímos el sonido de la campana?”. En otras palabras, ahora que me doy cuenta de que soy entéramente libre, ¿porqué debo seguir las normas que seguía antes, poniéndome el hábito de monje y siguiendo con la rutina del monasterio? Soy libre. Soy un buda, y un buda no está sometido a reglas, puedo ir y venir como me plazca, no hay preceptos que seguir, mi naturleza está por encima de todo eso.

La verdad es que la experiencia de la iluminación (el kensho o satori) puede producir sensaciones de ese tipo. Verse la naturaleza propia (naturaleza de buda) puede tener consecuencias imprevisibles, en el sentido de que alguien tal vez decida repentínamene dejar de hacer aquello que hacía normalmente, entiéndase esto como dejar de seguir las normas del monasterio o dejar de seguir las normas de la vida cotidiana. Para Unmon, la idea de ponerse el hábito e ir a recitar sutras se le hace extraña: “¿No estoy iluminado? No hay necesidad de recitar mas sutras ni de hacer más zazen”.

Pero Unmon no decide dejar de seguir la disciplina del monasterio. Lo que hace es preguntarse ¿Porqué hacerlo? Y esto no debe entenderse como un rechazo, sino como una pregutna que le lleva a profundizar en la iluminación. No se trata de no haerlo, sino de hacerlo, pero desde la iluminación. Y eso es el koan, ¿Porqué lo hago? En el caso de Unmon, “ ¿Porqué me pongo el hábito de siete tiras?”, significa ponerse el hábito de siete tiras con esa pregunta llenando su mente. En tu caso, la pregunta será tal vez esta otra; ¿Porqué me levanto de la cama cuando suena el despertador?

Cuando estaba pasando este koan, hacía ya un tiempo que la experiencia de kensho había sucedido en mí. Al pasar aquella experiencia, recuerdo que hubo sentimientos muy distintos, por un lado uno de increíble libertad, y por otro uno de gran confusión. “Ahora que soy un buda, ¿qué voy a hacer?” recuerdo que me preguntaba esa noche sin poder dormir. ¿Debería dejarlo todo, trabajo, familia, amigos, y salir a predicar el dharma, como hizo Sakyamuni? ¿Debería irme como un profeta bíblico a proclamar la verdad?

No sabiendo qué hacer, recuerdo que tomé el libro que tenía en la mesita de noche (uno de Karl Durckheim, titulado “El maestro interior”) y lo abrí al azar. No recuerdo ahora el párrafo exacto que leí, (ni creo que pudiera encontrarlo ahora si tuviese el libro conmigo), pero venía a decir que una vez que se había tenido la experiencia de encuentro con el maestro interior (sin duda lo que acababa de sucederme) uno no podía dejar de ser fiel a ella en ningún momento. En aquel momento comprendí que ser fiel a esa experiencia era ser fiel a mi vida, seguir haciendo lo mismo. Y así, al día siguiente me levanté y me fui a mi instituto a dar clase, que es lo que tocaba hacer, pero la clase no fue una clase cualquiera, sino que fue una clase inolvidable para mí y, posiblemente, para algunos de mis alumnos.

Este koan conduce a comprender la verdadera libertad, y por eso es importantísimo. Cuando los políticos hablan de libertad, uno sabe en su fuero interno que lo que llaman libertad no es verdaderamente tal cosa. Nadie duda de que esas libertades, son correctas y deseables, pero la libertad de la iluminación es algo que va mucho más allá de todo eso. No es un concepto, es otra cosa. Esa libertad la sentiremos igual el día que estemos frente a la muerte, y eso tiene un valor que no puede pagarse con nada material. No se trata de un sentimiento pasajero, sino de está presente en todo momento, tanto cuando las cosas van bien, como cuando van mal.

Pasar este koan fue para mí otra iluminación tranquila. La respuesta apareció en el mismo momento en que entré en la sala de dokusan. Sabía cuál era desde mucho antes, pero no sabía cómo presentarla, y presentar la solución de un koan es realmente lo único que importa cuando estás en dokusan. Pero presentar este koan era realmente algo obvio en sí mismo. No se trataba de hacer nada más que lo que tocaba hacer en aquel momento, y por esa razón, desde entonces a menudo me veo en la vida diaria presentando la solución a este hermoso koan. (No poniéndome el hábito de siete tiras, desde luego, pues no soy monje budista).

Mumon dice en su comentario:

Si sonido y silencio se desvanecen, ¿cómo podrías llamar a este estado?

Es curioso que los maestros siempre hagan preguntas extrañas, ¿verdad? En el Zen la pregunta es mucho más importante que la respuesta. De hecho, la pregunta lo es todo. Si uno busca encontrar una respuesta lógica, no hallaría nada. Pero algunos, a veces, se lanzan en la dirección de elaborar complicadísimas teorías sobre este tipo de cuestiones, creando así filosofías sin sentido. (La filosofía “zen” es una de las modas intelectuales, más en boga en estos tiempos). Hay escuelas de Zen que rechazan el satori, y dicen que tal cosa es inexistente. Zazen no está separado de iluminación dicen, pero eso lejos de ser una idea, es una realidad, y yo les diría, ¿cómo podrías presentar esa realidad? La pregunta no es muy distinta a la que hace Mumon: ¿cómo podrías llamar a este estado? Seria cuestión.

La iluminación entonces, ¿existe o no existe? La iluminación existe tanto en cuanto sucede, después ya no es iluminación, es recuerdo. Aferrarse a ese recuerdo es un error. Quienes se aferran a él, y se consideran a sí mismos iluminados, son los peores enemigos del dharma, personas incapacitadas para guiar a otros. Lo primero que se ve en tales “iluminados” es una ausencia de ética, aludiendo precisamente al hecho de la supuesta libertad que han adquirido con su experiencia de iluminación. Existen casos notorios, en los que ciertos maestros se sabe que han cometido excesos de todo tipo, con la bebida por ejemplo. Personalmente, considero que una de las primeras cosas que hay que comprobar en un maestro es si sigue unos principios éticos claros, (aunque sean solo los cinco preceptos básicos del budismo).

El verso de Mumon:

Con la realización, las cosas son una sola familia;
Sin realización, las cosas están separadas en miles de partes.
Sin realización, las cosas son una sola familia;
Con la realización, las cosas están separadas en miles de partes.


Mi verso:

Con realización, la verdad es absoluta
Sin realización, la verdad es relativa
Sin realización la verdad es absoluta
Con realización la verdad es relativa.

jueves 21 de enero de 2010

Los tres golpes de Tozan


Tozan fue a ver a Unmon. Este le preguntó de dónde venía.
“Del pueblo de Sato” dijo Tozan.
“¿En qué templo pasante el verano?” le preguntó Unmon.
“En el templo de Hoji, al sur del lago” replicó Tozan.
“¿Cuándo te fuiste de allí?” inquirió Unmon?
“El veinticinco de agosto” respondió Tozan.
Unmon dijo: “Debería darte tres golpes con el bastón, pero hoy te perdono.”
Al siguiente día Tozan se inclinó ante Unmon y le preguntó: “Ayer me perdonaste tres golpes. No sé por qué pensaste que había hecho algo malo.”
Unmon reconvino así las respuestas sin espíritu de Tozan: “¡Oh tú, saco de arroz! ¿Que te hace vagar de allá para acá?. Hoy estas al oeste del río, mañana al sur del lago.”
Antes que Unmon hubiera terminado de decir estas palabras, Tozan quedó iluminado.

Comentario de Mumon:

Si Unmon hubiera dado a Tozan el alimento del verdadero Zen y motivado a desarrollar un espíritu activo del Zen, su escuela no hubiera declinado como lo hizo.

Tozan tuvo una agonizante lucha toda la noche, perdido en el mar de lo correcto y lo equivocado. Llego a un callejón sin salida. Luego de esperar la madrugada, acudió nuevamente a Unmon y este nuevamente le hizo un libro de dibujos sobre el Zen.

Aunque tuvo una iluminación directa, no puede decirse que Tozan fuera brillante.

Ahora quiero preguntarte, ¿debería Tozan haber recibido los tres golpes?

Si dices que si, entonces admites que todo el universo debería ser golpeado.

Si dices que no, acusas a Unmon de haber dicho una mentira.

Si entiendes el secreto, entonces serás capaz de respirar el Zen a través de la mismísima boca de Tozan.


Verso:

La leona fieramente enseña a sus cachorros,
Los patea y ellos saltan.
Las palabras lanzadas por Unmon golpean directamente el corazón de Tozan,
Mientras que la primera flecha de Unmon es ligera, la segunda golpea profundo.


…………………………………

Mi comentario:

Lo único que importa realmente es la frase final:

Antes que Unmon hubiera terminado de decir estas palabras, Tozan quedó iluminado.

Tales cosas sucedían entonces y suceden también hoy. Una vez, incluso, me sucedió a mí. Esas iluminaciónes producidas en la sala de dokusan, son cosa seria, por eso el dokusan es tan importante. Algunas personas, hoy en día, menosprecian el dokusan, como si fuese algo innecesario, pero si incluso, una entrevista con alguien que no es un verdadero maestro, puede ser importante, ¿cómo no va a serlo un dokusan auténtico?. Esto, naturalmente, hay que experimentarlo por uno mismo.

Muchas veces, las personas se sientan en zazen horas y horas, sin que eso parezca ir en ninguna dirección. La persona que se halla mirando una pared, contando las respiraciones, o practicando shikantaza, no es que pierda el tiempo, pero su esfuerzo no suele canalizarse adecuadamente. Se necesita por lo general el auxilio de otro, alguien que ve desde fuera. Ese alguien, es bueno que tenga un entrenamiento básico como maestro, y un permiso formal. Si no, quizás sea mejor no acudir.

Tomemos el caso de Tozan, yendo de un lado a otro, practicando aquí y allá, oyendo enseñanzas de unos y otros. Todo su esfuerzo era vano, pues no tenía la menor visión del dharma. Su conocimiento de las escrituras podía ser muy completo, pero su iluminación era inexistente. Muchos practicantes de hoy, leen innumerables libros sobre zen, y elaboran detalladas teorías, sobre lo que leen. Sus mentes son una fuente de erudición, pero carecen del conocimiento directo. Toda esa sabiduría es una carga inútil de la que tendrán que desprenderse un día. Son conceptos huecos que arruinan su esfuerzo.

Volvamos al koan. El maestro recibió a Tozan en su sala de dokusan, como sucede aún hoy en los templos Zen, y le interrogó sobre su vida. ¿De donde vienes? ¿Con quién has estado practicando? etc. Preguntas normales, que se pueden hacer a cualquiera, muchas veces por simple formalismo. Es lo normal, cuando se va a practicar con un maestro, decirle tu currícum anterior.(Se suele decir el nombre y el tipo de zazen que se hace). Naturalmente, un maestro de talla, capta la verdadera historia detrás de las palabras. No hace falta hacer preguntas, de hecho, símplemente, le basta con verte. El practicante que llega, habla por sí solo. Sus movimientos, su respiración, su tono de voz, sus gestos… todo le delata.

Estar frente a un maestro auténtico, es una experiencia en sí misma, pues no hay necesidad de decir mucho. Uno es traspasado de parte a parte por su mirada, que es como una flecha. El maestro ve. No ve tu ignorancia, sino tu naturaleza Búdica. El sabe lo que tú no sabes de tí mismo. E incluso, cuando el maestro en cuestión, no es un maestro de gran iluminación, puede ser utilizado por el verdadero MAESTRO, el Espíritu. El maestro, por tanto, es una ayuda extraordinaria.

Debería darte tres golpes con el bastón, pero hoy te perdono.”, dice Unmon. Es como si dijera, “no mereces ni que me tome el esfuerzo de golpearte, no vales para nada”. Naturalmente, es la compasión quien guía sus palabras, no su ego. El ego no es ningún obstáculo para Unmon, quien es un auténtico hombre Zen, (pero nosotros no somos Unmon y no deberíamos hablar así a nadie, en ninguna circtunstancia). Unmon le mira sin pestañear. Le traspasa como si el otro estuviese hecho de cristal. No ha en él ni rastro de pensamiento ególatra. Si hubiese sido otro en vez de Tozan, no habría habido razones para que Unmon fuese descortés, pero Tozan está bordeando la experiencia del satori, y esto no pasa desapercibido para Unmon.

Ahí es donde se demuestra la capacidad de un maestro, no en el conocimiento y la erudición. Por supuesto, ambos no están reñidos entre sí. Un maestro no tiene porqué ser un analfabeto, al contrario, si es un hombre (o mujer) culto, la cultura no le sobra. Pero la cultura y la erudición no sirven para dar un empujón en el momento definitivo, a alguien que está casi llegando al borde del precipicio.

Aquella noche Tozan no durmió. Pasó toda la noche en vela, preguntándose qué es lo que había hecho mal en la entrevista con Unmon. ¿Porqué Unmon le había perdonado tres bastonazos? ¿Qué había hecho que mereciera tal cosa? : “Ayer me perdonaste tres golpes. No sé por qué pensaste que había hecho algo malo.”, le dice. Es como quejarse o pedir explicaciones. Entonces Unmon le responde con voz de trueno: : “¡Oh tú, saco de arroz! ¿Que te hace vagar de allá para acá?. Hoy estas al oeste del río, mañana al sur del lago.” Pero Tozan no le termina de oir, pues antes de que acabe de hablar, ha alcanzado el despertar. ¡Qué increíble!

En su comentario, Mumon dice:

“ Aunque tuvo una iluminación directa, no puede decirse que Tozan fuera brillante.”

No es necesario ser brillante para tener una iluminación directa. No es necesario hacer nada, pues nadie sabe porqué sucede. El espíritu sopla donde quiere, la iluminación sucede cuando quiere. No hay ninguna relación causa-efecto, ¡pero cuidado!, porque sería caer en otro extremo, pensar que no hay necesidad de hacer nada para llegar a ella. Para alcanzar lo inalcanzable, uno se pone en camino. No sabiendo qué hacer, no hay necesidad de hacer nada especial, pero hay que hacer lo que toca. Cuando toca zazen, zazen. Cuando toca trabajo, trabajo.

“Si entiendes el secreto, entonces serás capaz de respirar el Zen a través de la mismísima boca de Tozan.”

De eso se trata; de eso precísamente.

El poema de Mumon:

La leona fieramente enseña a sus cachorros,
Los patea y ellos saltan.
Las palabras lanzadas por Unmon golpean directamente el corazón de Tozan,
Mientras que la primera flecha de Unmon es ligera, la segunda golpea profundo.

Mi poema:

Un arco tensado.
Una mente alerta.
Nadie sabe como, la cuerda se afloja
Nadie sabe como, la flecha penetra.


Gassho, hermanos del dharma.

lunes 18 de enero de 2010

Nansen corta el gato en dos.


Nansen vio que los monjes de los pabellones del este y del oeste se peleaban por un gato. Cogió al felino y dijo a los monjes: “Si alguno de ustedes da una buena respuesta, pueden salvar al gato.”
Nadie respondió por lo que Nansen cortó, sin vacilación, al gato por la mitad.
Aquella noche Joshu regresó y Nansen le habló del incidente. Joshu se quitó las sandalias, se las puso sobre la cabeza y salió.
“Si hubieras estado aquí”, dijo Nansen, “podrías haber salvado al gato.”


Comentario de Mumon:

Díganme, ¿que quiso decir Joshu cuando puso sus sandalias sobre su cabeza?
Si pueden dar una buena respuesta a esto, sabrán que el decreto de Nansen fue llevado a cabo por una buena razón.

Si no pueden responder, ¡peligro!

Verso:

Si Joshu hubiera estado ahí,
Hubiera sucedido lo contrario.
Joshu hubiera arrebatado el cuchillo
Y Nansen hubiera rogado por su vida.


..........................................

Mi comentario:

La pelea entre los monjes, era una pelea filosófica, al parecer. Los monjes solían discutir sobre la naturaleza de buda y esas cosas. El gato debía ser el gato del monasterio. Estaba allí, y los monjes filosofaban con él. ¿Tiene un gato la naturaleza de buda? Años después, a Joshu le harían esa pregunta, pero utilizando a un perro en vez del gato. Joshu dio una respuesta nada filosófica, que ha llevado a miles y miles de personas de todas las razas y condiciones, en épocas distintas, a la iluminación o satori (también llamado kensho).

Joshu no estaba en el monasterio, y los monjes se ve que tenían una discusión muy animada, pues el koan dice que se peleaban por el gato. Entonces aparece Nansen y su aparición debió ser enórmemente dramática. Tomando al gato con una mano y con la otra un cuchillo, dice a grandes voces:

“Si alguno de ustedes da una buena respuesta, pueden salvar al gato.”

Los monjes se quedarían de piedra, sin saber que decir. Mi antigua maestra, Ana María Schlutter, decía que los monjes debieron quedarse pensando sobre aquello, como quien se plantea un problema muy profundo, a nivel filosófico. Quizás creían que se trataba de encontrar una respuesta lógica, y ninguno supo que decir. Entonces Nansen mata al gato. (O puede que no lo matara, e hiciese como que lo mataba, porque siendo budista, no querría matar al felino). Pero lo que hizo debió ser como si lo matara. Los monjes se quedan atónitos, y la reunión termina.

Por la noche llega Joshu y Nansen le cuenta lo sucedido, y Joshu se pone las sandalias en la cabeza y sale de la habitación. El asunto es una de las anécdotas mas incomprensibles y, al mismo tiempo, mas punzantes de todas las que se encuentran en las colecciones de koans. ¿Porqué se puso Joshu las sandalias en la cabeza? He oído diferentes versiones (tres concrétamente) en mis visitas a dokusan. Muy interesantes, las tres, pero ninguna me convence, por lo que sigo preguntándome qué significa ponerse las sandalias en la cabeza para Joshu. Y lo único que hago, para averiguarlo, es ponérmelas yo mismo. ¿A ver?

Aquí las tengo, sobre mi cabeza, en un equilibrio mas bien precario. ¿Qué siginfica esto? ¿Significa “mira lo que me preocupo de tus historias”? ¿Significa, “esto huele a zen que mata? ¿Significa “no me aburras más con este rollo que te tiras”?. Significa mucho más que todo eso, en realidad. (O mucho menos, si prefieres verlo de ese modo, pero no me entiendas mal, no estoy siendo relativista).

Los maestros tienen que hacer lo que les toca. Tienen que ir enseñando a la gente, tienen que darles empujones hacia la iluminación. Tienen que corregir sus salidas del camino. Es todo un trabajo, ya lo creo que lo es. Yo mismo estuve interesado en ocupar ese cargo, como ya he dicho, y recuerdo que estuve muy empacado con la cosa de ir aparentando ser lo que quería llegar a ser. Nadie me tomó en serio afortunádamente, y hoy (felizmente) me puedo poner las sandalias sobre la cabeza y salir de paseo por el mundo.

Porque, dicho sea de paso, hay una gran liberación cuando abandonas la perspectiva de la maestría zen, a no ser que seas un maestro auténtico. Ir por ahí montando pollos como el del koan que nos ocupa, tiene que ser fuerte si no eres un verdadero maestro, como Nansen. ¡Coger un pobre gato y pretender matarlo con un cuchillo! Algunos maestros (pobres) no están mas iluminados que sus discípulos. ¡Pero son maestros!. Tienen que hacer su papel y, por eso, les compadezco. En cambio, ponerse las sandalias en la cabeza está al alcance de cualquier gandul como tú y como yo. Pero no te precipites, porque Joshu acabó también de maestro. A ver si un día te pones tú a dirigir un centro Zen y tienes que llevar a otros por el estrecho camino que lleva a la iluminación.

“Díganme, ¿que quiso decir Joshu cuando puso sus sandalias sobre su cabeza?”, pregunta Mumon (que también ejerce de maestro). Si estuviese delante de él le diría lo que Joshu quiso decir, y no tengo motivos para creer que estaría equivocado. ¿Podrías hacer tú otro tanto? No es realmente difícil si llevas dando traspiés por la senda de la iluminación algún tiempo. No es difícil ni es interesante, dicho sea de paso. Es una tontería, como casi todos los koans. Pero si esa tontería te lleva a tener mayor conciencia de tu naturaleza búdica, bienvenida sea.

En cuanto al verso:

Si Joshu hubiera estado ahí,
Hubiera sucedido lo contrario.
Joshu hubiera arrebatado el cuchillo
Y Nansen hubiera rogado por su vida.


Respondo con mi propio verso:

Nansen no es Nansen.
Joshu no es Joshu.
El cuchillo no puede matar al vacío.
El vacío no sabe rogar por su vida


Dicho esto, me pongo las sandalias como sombrero y me voy. Buenas noches.

jueves 14 de enero de 2010

Zuigan se dirige a su maestro


Zuigan se decía a sí mismo todos los días: “Maestro.”
Entonces se respondía: “¿Si, señor?”
Tras lo cual añadía: “Debes ser sobrio.”
De nuevo contestaba: “Si, señor.”
“Y después de esto” continuaba, “no te dejes engañar por los demás.”
“Si, señor; si, señor” respondía.
Comentario de Mumon:

El viejo Zuigan se compra y vende a si mismo. Se saca muchas mascaras de dioses y de demonios y vuelve a ponérselas, jugando con ellas.
¿Para que?
Uno llama y el otro responde; uno muy despierto, el otro diciendo que nunca será engañado.
Si te apegas a cualquiera de ellos, fallaras.
Si imitas a Zuigan, jugaras al zorro (a los disfraces).

Verso:

Aferrándose a la engañosa vía de la conciencia,
Los estudiantes de la Vía no se dan cuenta de la verdad.
A la semilla del nacimiento y la muerte a través de los eones
El tonto llama el ser original.


........................................

Mi comentario:

Zuigan hace esa aclamación el solo cada día, lo que no es una forma de autoconvencerse, sino de afirmarse en el conocimiento, que es distinto. El conocimiento no viene de fuera, sino de dentro. El conocimiento en el Zen es el kensho. Si no se ha tenido el kensho, entonces uno se mueve de aquí para allá como una hoja llevada por el viento. La mente es el viento. Un día me levanto con ganas de hacer zazen y hago zazen, pero luego me canso y me aburro, así que lo dejo. Es natural, pensamos. ¿Para qué hacer zazen si no se saca mas que dolor de piernas?

El cansancio y el dolor de piernas es parte del viento que sopla. Si no echamos el ancla, no hay forma de que el navío se quede el el sitio. Las corrientes son demasiado fuertes para esperar que un barquito se quede quieto en alta mar. Si el barco no se ancla, se mueve a la deriva. Esto no es de lo que se trata, sino de estar siempre en el mismo punto, y ese punto no es otra cosa que la propia naturaleza búdica, o sea, la realidad profunda e inmutable que nos inunda por dentro y por fuera, aún cuando estemos en medio del vendaval. Por eso hay que echar el ancla.

Si un día experimentamos kensho, es como si encendiésemos la pequeña llamita de una vela. Si queremos que esa llama se mantenga encendida (especialmente al principio) tenemos que ser muy cuidadosos de protegerla de las corrientes. Si el kensho es realmente intenso, quizás ya no sea necesario hacer nada más, pues la llama entonces es como una hoguera, pero eso ocurre en contadas ocasiones. E inclusos una buena llama, suele apagarse bajo el viento. Algunas personas niegan la necesidad del kensho, diciéndose cosas que oyeron decir a otros, como que zazen es igual a iluminación. Creo que sin kensho, zazen dificilmente será igual a iluminación.

Personalmente, creo que la experiencia de kensho puede venir de muchas formas, ni siquiera tiene porque venir de la práctica del zen. Pero cuando ocurre hay que tener mucho cuidado a partir de entonces. Es así, que Zuigen se dice cada día esas palabras. Su voz suena desde el hara, y ahuyenta los pensamientos y las dudas, igual que el rugido del león ahuyenta a las hienas. No se trata de fanatismo, sino de algo totalmente diferente. Si no se tiene kensho, creer es fanatismo, si se tiene, no hay necesidad de creer, sino de recordar desde adentro.

El viento sopla en direcciones muy diversas. Hoy el viento es terrible en la dirección de oir siempre el mensaje de que nada existe, puesto que todo viene de una simple casualidad y no hay necesidad de buscar la verdad, pues la verdad es solo una invención de mentes calenturientas. A lo sumo, el zazen es algo que puede proporcionar una cierta tranquilidad, una especie de terapia o ejercicio de autocontrol, como pueda serlo el yoga. Todo es fruto del cerebro, no hay necesidad de buscar la trascendencia, dice la ciencia positivista. Dificil es mantenerese ante estos vendavales si no se pone algo de nuestra parte.

La realidad esencial no exise ni no existe, pues la cosa va por otro lado. Cuando se tiene la experiencia directa de la realidad esencial (y me atrevo a decir que tal cosa es también Dios) la luz penetra hasta el último rincón de la conciencia. Pero la experiencia no permanece, y sobreviene un periodo de lucha, que en el zen se conoce como la doma del buey. Domar el buey es un trabajo largo y que tiene sus dificultades. Es necesario levantarse por la mañana dispuesto al trabajo. Los elementos venenosos vuelven a aparecer cada día, especialmente cuando estamos en medio de situaciones mundanas. Entonces hay que decirse como Zuigen: “no te dejes engañar por los demás” .

Con el tiempo, he ido dándome cuenta de que no dejándote engañar por los demás, les haces un favor a ellos también, que desean desde lo mas hondo de sus corazones salir del engaño. Si ven que tú no te dejas engañar, ellos dudan de sus propias convicciones engañosas. La ciencia no proviene de un engaño, pero está en cierto modo manejada desde el engaño, como la política y la vida moderna, en general. No dejarse engañar, no supone convertirse en un fundamentalista, sino en tomar conciencia de la realidad esencial en medio del ruido. Entonces, de pronto, surge una respiración honda que llega hasta el hara. Eso es no dejarse engañar.

Si alguien pasa por una experiencia de kensho, y va a otros a contársela, es como alguien que enciende una vela y va corriendo a enseñársela a otros. Pero entonces se corre el riesgo de que otro sople y la apague. Hasta que la vela no prenda fuego a la pira de leña y se forme una hoguera crepitante, es mejor no ir a contar nada a nadie. Y después tampoco, porque esa hoguera se ve por sí misma, y el resplandor evidencia la fuerza de la llama. No hay necesidad de decir a nadie, “mira, he encendido un fuego”. El fuego se ve en medio de la noche.

El poema termina con estos versos:

A la semilla del nacimiento y la muerte a través de los eones
El tonto llama el ser original.

¿Quién es el tonto? Espera a dar con él, y verás que la semilla del nacimiento y la muerte no está separada del arbol del Nirvana.